Entrevistas / elkarrizketak

Mayo 10th, 2009

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Estas son algunas de las entrevistas concedidas por los científicos que se han reunido en Zumaia estos días.

Zumaian elkartu diren zientzialariek eskainitako zenbait elkarrizketa daude hemen:

Francisco Anguita: “El telescopio Kepler pronto dará pruebas de si hay vida extraterrestre” (El Diario Vasco)

Jaume Dinarès-Turell: “El detalle que nos proporciona el estudio geológico de Zumaia no se puede encontrar en ningún otro lado” (Noticias de Gipuzkoa)

Thierry Juteau: “Es posible pensar que, como ya ocurre con el espacio, en un futuro haya viajes de particulares al fondo del océano” (Noticias de Gipuzkoa)

“Thierry Juteau ve factible la vida extraterrestre en Júpiter” (Deia)

Miguel Delibes: “Gizakiaren erruz, mila bider bizkortu da espezieen desagertzea” (Berria)

Bruce Runnegar: “El hombre alterará otros planetas para colonizarlos” (Abc, Público, El Diario Vasco, Diario de Sevilla, El Día de Córdoba… vía Efe).

Luis Balairón: “El cambio climático podría propiciar la expansión de enfermedades” (Adn, vía Efe)

Jan Smit: “Un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios acabaría ahora con el 99% de la humanidad, no con toda” (Noticias de Gipuzkoa)

Balairón y Markandya: el cambio climático exige una transformación radical de nuestra sociedad

Mayo 9th, 2009

El cambio climático causado por el hombre es un fenómeno innegable cuyas consecuencias resultan difíciles de predecir. Así lo explicaron el meteorólogo Luis Balairón y el economista Anil Markandya, miembros del IPCC (Panel Intergubernamental de Expertos en el Cambio Climático), en las jornadas Haitzen hitza. Los cambios futuros abarcan una horquilla de posibilidades muy amplia, pero en cualquier caso nos exigen un cambio radical de modelo energético, una sociedad que consuma menos y de manera menos contaminante que ahora. Los dos expertos coinciden en que el ser humano nunca se ha enfrentado a un reto de semejante calibre, pero ambos confían en nuestra capacidad de innovación para transformar la sociedad.

Luis Balairón recordó que nuestro planeta ha vivido cambios de clima constantemente, durante millones de años. Desde que se tienen registros sistemáticos (en el último siglo y medio), la temperatura ha ido subiendo de manera escalonada, un ascenso que no resultaba preocupante porque encajaba dentro de las oscilaciones naturales. “Sin embargo, a partir de los años 80 el calentamiento creció de una manera anómala. Es preocupante, pero tenemos muchas dudas sobre el comportamiento de la temperatura: sube más en unas zonas que otras (más en el Polo Norte que en el Ecuador, por ejemplo), hay regiones que en vez de calentarse se han enfriado (como algunas partes de Groenlandia o la Antártida…). El proceso no está muy claro. Lo que de verdad siembra temor no es la subida de la temperatura en sí, sino el aumento espectacular de las concentraciones de dióxido de carbono, un gas de efecto invernadero”. En los últimos cientos de miles de años, esa concentración de CO2 nunca ha rebasado las 290 ppm (partes por millón) pero a lo largo del siglo XX, como consecuencia de las emisiones humanas, subió por encima de las 300 y hoy en día nos acercamos a las 400.

La duda de los científicos es la siguiente: ¿cómo se va a comportar la temperatura ante una subida tan notable del CO2? Se sabe que si duplicáramos esa proporción de gas, la temperatura del planeta subiría 1,2 grados. Pero eso sería si en el sistema del clima no hubiera realimentaciones. Un ejemplo: si sube la temperatura, los océanos absorberán menos dióxido de carbono que ahora, con lo cual la concentración será mayor y la temperatura subirá aún más. El sistema climático mundial es muy complejo, por lo que resulta difícil precisar el efecto de esas realimentaciones, pero los expertos calculan que con una duplicación del gas las temperaturas no subirían 1,2 grados, sino entre 2 y 5.

“En realidad, el cambio climático no lo vivimos ahora, sino que ocurrirá dentro de unas décadas si la concentración de CO2 sigue subiendo, que va a seguir subiendo aunque frenemos ahora mismo. Y eso es lo que intentamos predecir”, aclaró Balairón. El IPCC ha elaborado 40 modelos con los posibles escenarios del futuro. “En el peor de los casos, la población humana se dispara hasta los 15.000 millones de habitantes y sigue con un consumo desaforado, con el uso de combustibles fósiles, emitiendo mucho dióxido de carbono. En el mejor de los casos, la población se mantiene alrededor de 7.000 millones y se consigue una economía armónica, con transferencias de tecnología a los países pobres, con energías limpias…”. Entre un extremo y otro, las predicciones varían: la temperatura subirá entre 1,8 y 4 grados (con un pequeño porcentaje de posibilidades de que suba hasta 8, lo cual supondría una catástrofe), el nivel del mar aumentará entre 18 y 55 centímetros… Esos cambios afectarán a la alimentación (caerá la productividad de las cosechas), al agua (faltará en las ciudades), al ecosistema (que sufrirán grandes daños y extinciones), a los desastres naturales (que serán más frecuentes…).

Medidas para mitigar el cambio

El economista ambiental Anil Markandya explicó que existe un objetivo consensuado por la comunidad internacional: estabilizar la concentración de CO2 en 550 ppm, una cifra que podría subir las temperaturas más de dos grados. Para no rebasar ese nivel, las emisiones de dióxido de carbono deberían alcanzar su pico en el año 2020 y luego empezar a bajar, hasta que en el año 2050 supongan la mitad que en 2020 en términos globales. Para un país industrializado como España, el recorte debería ser del 80%. Para eso, evidentemente, hace falta una nueva tecnología y una transformación radical de los modos por los que obtenemos energía.

Para reducir nuestras emisiones un 80%, deberíamos gastar una cantidad de dinero que equivale a entre el 6 y el 10% del producto interior bruto. “¿Estamos dispuestos a un sacrificio económico?”, preguntó Markandya al público. “Lo tienen que responder ustedes, no los científicos. Hay que impulsar medidas para gravar la contaminación. ¿Están dispuestos a pagar 90 céntimos más que ahora por un litro de gasolina, en el año 2050? Bien, espero que para entonces los vehículos no funcionen con gasolina, pero en cualquier caso debemos tomar medidas: inventar vehículos menos contaminantes, construir edificios mucho más eficaces energéticamente, recurrir al gas natural más que al carbón, buscar maneras de capturar y almacenar el carbono, impulsar energías eólicas, fotovoltaicas y quizá nucleares, pagar a los países con selvas para que no las talen…”.

Tomar esas medidas exige grandes inversiones. Pero si nos quedamos de brazos cruzados, el cambio climático puede traer pérdidas futuras de hasta el 32% del producto interior bruto, según las previsiones más pesimistas del IPCC (por culpa de las subidas del mar, sequías, inundaciones, pérdidas de cosechas, epidemias…). ¿Estamos dispuestos a gastar el 4 o el 6% del PIB ahora, para que en el futuro no pierdan el 14, el 20 o el 32%? “Es un conflicto de intereses entre nuestra generación y las siguientes”, concluyó Markandya.

También es un conflicto entre países ricos y pobres. “Los ricos deben sacrificarse más”, opinó Markandya, “porque se han enriquecido emitiendo la mayor parte del CO2. Los pobres han emitido mucho menos y además sufren más las consecuencias, porque disponen de menos medios para protegerse ante los cambios y los desastres derivados del cambio climático. Por eso mueren cientos de personas en el caso del huracán Katrina en Estados Unidos, y cientos de miles cuando ocurre algo parecido en Bangladesh”. Para el año 2050, los ricos y los pobres deberían emitir la misma cantidad de CO2 per cápita, según Markandya.

El economista enumeró algunos consejos: deben mejorar los conocimientos científicos y tecnológicos para afinar las predicciones, deben ratificarse acuerdos internacionales para reducir las emisiones y estabilizar la proporción de CO2 en 550 ppm, deben asignarse con justicia y equidad los derechos de misión, debe buscarse la eficiencia energética…

Markandya se mostró moderadamente optimista: “Tenemos tiempo hasta el 2020 y hasta el 2050 para introducir grandes cambios. Lo importante es que ahora todos los países empecemos a trabajar a la vez, y ya nos hemos sentado a la misma mesa. El cambio en el gobierno de Estados Unidos es importante, porque parece que se tomarán en serio la necesidad de restringir las emisiones. Y soy optimista porque creo que la capacidad de innovación nos va a salvar. El homo sapiens es muy inventivo cuando tiene alicientes. Y en veinte años veremos grandes cambios en la manera de producir energía, en nuestro vehículos, nuestras casas..”.

Luis Balairón se sumó a esa idea: “Soy pesimista en cuanto a la dimensión del problema en sí mismo: el cambio va a ser grande y no vamos a poder reducirlo. Pero soy optimista porque nos estamos enfrentando a los problemas de nuestro modelo de energía ya en 2010, sin esperar que afloren las consecuencias en el año 2050”.

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Luis Balairón en los acantilados de Zumaia

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Asier Hilario con Anil Markandya

Delibes: “El ser humano está causando la sexta gran extinción”

Mayo 8th, 2009

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En la historia de nuestro planeta se han registrado cinco extinciones masivas. Según explicó el biólogo Miguel Delibes en las jornadas Haitzen hitza, hoy en día las especies desaparecen a un ritmo suficientemente alto como para pensar que estamos viviendo la sexta extinción. Y detrás de esta gran crisis de biodiversidad está la presión humana: la población se ha disparado y el consumo de los recursos está muy por encima de lo soportable.

El registro de los fósiles indica que en la historia de nuestro planeta se han registrado cinco grandes extinciones. La más brutal ocurrió hace 251 millones de años, cuando desaparecieron el 96% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres. La vida estuvo a punto de perderse. Durante mucho tiempo la Tierra fue un páramo habitado principalmente por hongos. Pero entre los supervivientes quedó algún antecesor de los vertebrados, que resistió la catástrofe y permitió que ahora nosotros estemos aquí. La última extinción, registrada en el límite K/T de los acantilados de Zumaia, exterminó hace 65 millones de años a los dinosaurios y al 70% de las especies. Si los humanos existimos es gracias también a aquel asteroide que eliminó el mundo de los reptiles y dio paso al de los mamíferos.

Por eso, el biólogo Miguel Delibes explicó ayer que las crisis y los cambios en la biodiversidad son desastrosos para algunos pero beneficiosos para otros. “El meteorito de Yucatán fue malo para los reptiles pero ayudó a la expansión de los mamíferos. El mayor cambio en la historia del planeta, la oxigenación de la atmósfera, fue desastroso para los organismos anaerobios pero muy bueno para nosotros. Si ahora se derriten los hielos y sube la temperatura, es un desastre, pero los lagartos tropicales estarán muy contentos”.

El cambio climático actual afecta directamente a nuestra especie. “Somos los humanos quienes precisamos de una naturaleza sana, no es ella la que nos necesita”.

Un planeta domesticado

El ser humano ha transformado la Tierra. Lo viene haciendo desde que nuestros abuelos prehistóricos quemaron bosques para abrir cultivos. Hoy en día, la mitad de la superficie terrestre tiene un uso y un aspecto distinto del original. Además, cuatro de cada cinco bancos pesqueros están agotados. Una cuarta parte de las especies de aves se ha extinguido en los últimos dos milenios. Una cuarta parte de las plantas son invasoras, es decir, habitan lugares distintos al de su origen. El 60% del agua dulce disponible está manejada por los humanos. “Vivimos en un planeta muy humanizado. Nuestra especie ha introducido en el planeta un cambio tan grande como los cambios que marcan eras geológicas, sólo que nosotros no lo hemos hecho en millones de años sino en el último siglo y medio. Dada la magnitud del cambio, hay quien propone que vivimos en una nueva era geológica que debería llamarse Antropoceno”.

“La humanización del planeta nos responsabiliza”, dijo Delibes. Y recordó una frase que le dijo el zorro al Principito, cuando éste quiso despreocuparse de la rosa: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”.

Nuestra huella es muy grande. El impacto de una especie en el entorno depende de dos factores: el tamaño de la población y el efecto de cada individuo. Y en el caso humano, los dos factores han aumentado muchísimo en muy poco tiempo: la población humana, que crecía muy despacio durante milenios, se ha disparado en los últimos 150 años, hasta los 6.600 millones de habitantes actuales; además, el consumo de cada individuo también aumenta sin cesar. “Un erizo de mar consumía lo mismo hace un millón de años que ahora. Pero cada uno de nosotros consume cincuenta o cien veces más recursos que un cazador-recolector del Paleolítico. Y nuestra población se ha multiplicado por mil. Así que en sólo cinco mil años, el impacto de la especie humana en el planeta es 50.000 o 100.000 veces superior”.

Todos los indicadores crecen de manera desmesurada: la población, el producto global bruto, el número de vehículos a motor, el consumo de energía… La demanda de recursos es brutal, de manera que la agricultura, la ganadería, la pesca, el comercio o la producción de energía transforman el planeta. Cambiamos los ciclos naturales, producimos cantidades inmensas de residuos, contaminamos los ambientes…

Los humanos hemos alterado el entorno biológico de muchas maneras. Por una parte, hemos hecho adiciones biológicas: hemos incorporado especies nuevas en entornos que no las conocían. Hace cinco o seis milenios, nuestros antepasados cazadores-recolectores nómadas se hicieron agricultores y ganaderos sedentarios. Quemaron bosques, despejaron tierras y se pusieron a cultivar alimentos, incluidas algunas especies llegadas de otras regiones (el peral y el manzano, por ejemplo, vinieron de Asia Central). Los campos de trigo atrajeron a los ratones: no hay mayor paraíso ratonil que un granero, rebosante de comida, sin gatos, lechuzas ni depredadores. Para solucionar las plagas de ratones se trajeron gatos. A veces los gatos también se convirtieron en plagas, como ocurrió en Australia, donde millones de ellos se asilvestraron y provocaron una catástrofe ecológica, porque se zampan miles de aves y pequeños marsupiales. “Un parlamentario australiano propuso eliminar los gatos”, explicó Delibes. “Pero otra contrapropuesta planteó que en todo caso habría que erradicar de Australia a los humanos”.

También hemos alterado el entorno con pérdidas biológicas, como las extinciones del dodo, que vivía tan feliz en la isla Mauricio hasta que llegaron los navegantes holandeses en el siglo XVI y comenzaron a comérselo, o sin mirar muy lejos, la desaparición de la ballena vasca en las aguas del Atlántico oriental, como resultado de una caza desmesurada que acabó alterando el ecosistema completo de esta región oceánica.

¿Estamos en la sexta extinción?

Todos los años desaparecen decenas de miles de especies y millones de poblaciones, por culpa de cambios en los hábitats, la sobreexplotación, el acoso de especies invasoras o por otras desapariciones previas que dejan sin alimento a las especies depredadoras (las llamadas cadenas de extinción).

Ni siquiera sabemos cuántas especies viven en nuestro planeta. Solía decirse que entre 12 y 20 millones de especies, ahora se habla de 30, pero ciertos expertos en biodiversidad dicen que “cualquier cifra entre 3 y 100 millones de especies es defendible”. A pesar de esta gran laguna, es posible calcular tasas de desaparición en los grupos que se conocen bien. Y según explicó Delibes, la tasa de extinción de especies es ahora entre 100 y 10.000 veces más alta que la tasa normal en períodos de no extinción. Las cifras actuales son equivalentes a las de las extinciones masivas de la historia de nuestro planeta.

¿Y eso es muy grave? Para nosotros sí, porque la pérdida de biodiversidad afecta muy directamente a las condiciones de nuestro entorno. No se trata sólo de que los osos polares se queden sin hielos en los que vivir: si deforestamos el Amazonas, se liberan grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera, sube la temperatura, aumenta el nivel de los mares y quedan en peligro las zonas costeras, entre muchas otras consecuencias. Incluso en escalas pequeñas, las consecuencias son nefastas: la desaparición de miles de especies de insectos limita mucho la polinización, y en algunas regiones del planeta hay agricultores que ya tienen que polinizar artificialmente sus cosechas, con el inmenso coste económico que supone. No parece muy grave que se extingan los nematodos, unos gusanillos y unas garrapatillas microscópicas, pero estos seres detoxifican nuestros residuos y los convierten en nutrientes sencillos para las plantas. Sin ellos, el suelo se hace tóxico y estéril, desaparecen las plantas, la erosión acaba arrastrando la tierra.

¿Qué deberíamos hacer?

Se calcula que la capacidad de soporte de la Tierra la alcanzamos en 1978. A partir de entonces, estamos comiéndonos mucho más de lo que el planeta puede regenerar. La población crece un 1,2% anual, y el consumo, un 1,4%. Por tanto, no sólo debemos estabilizar nuestro impacto, sino que debemos rebajarlo obligatoriamente hasta los niveles de hace treinta años como mínimo. Si no, seguiremos avanzando hacia el colapso.

¿Podremos solucionar este problema recurriendo sólo a la tecnología? Probablemente no. “Hemos mejorado mucho los coches”, explicó Delibes, “contaminan cada vez menos. Pero cada vez hay muchos más coches en el mundo, así que al final emitimos más contaminación que antes”. Es la paradoja de Jevons: cuando en el siglo XIX se mejoró la tecnología para usar el carbón (las estufas soltaban menos humo y menos hollín), la gente compró muchas más estufas, de manera que el resultado fue más humo y más hollín en la atmósfera.

Lo urgente, según Delibes, es estabilizar la población y reducir el consumo y la producción de residuos. Pero ¿a quién se lo debemos exigir? No a todos por igual. No todos consumimos lo mismo. Debe exigirse a los que más tenemos, más consumimos y más residuos producimos. “Debemos exigírnoslo incluso ahora, en plena crisis económica. Parece que vivimos una buena ocasión para replantearnos nuestros modelos económicos y nuestra relación con el medio ambiente, pero me desazona escuchar las propuestas de nuestros gestores, que van justo en dirección contraria: nos dicen que consumamos más para mantener el empleo, que compremos cosas que no necesitamos”.

Delibes recordó que compartimos un planeta finito con decenas de millones de especies y que todas ellas son “piezas de la maquinaria biosférica”. Comparó la situación actual de la Tierra con la de un lavavajillas que empieza a perder piezas: “Cuando movemos el lavavajillas para limpiar la parte trasera, encontramos una tuerca o una arandela que se han caído de algún lado. No pasa nada: tiramos la pieza sobrante y nos olvidamos, porque la máquina sigue funcionando. Empieza a traquetear un poco y a hacer ruido, pero sigue lavando platos. Hasta que un día aquello revienta y sale el agua por todas partes. Se ha quemado el motor. Nuestro planeta está así: va perdiendo tuercas y traquetea un poco, pero sigue funcionando. Lo malo es que si se rompe, no tenemos planos ni técnicos que sepan repararlo, y tampoco podemos comprar uno nuevo”.

La conclusión de Delibes: la única vía para evitar el colapso es la solidaridad con las demás especies y entre nosotros mismos, entre los 6.600 millones de humanos. Sólo podremos preservar la naturaleza si reducimos el consumo, si organizamos un reparto más justo y solidario de los recursos y si creamos un planeta en el que todos los habitantes puedan vivir con paz y justicia.

Uriarte: “Erabaki garrantzitsuak hartu beharko ditugu itsas mailaren igoerari aurre egiteko”

Mayo 7th, 2009

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Adolfo Uriarte ozeanografoak behin eta berriz errepikatu zuen ideia hau: klimaren aldaketari buruz oso gutxi dakigu eta oso zaila da zehazki zer gertatuko den iragartzea. Haitzen hitza jardunaldien hirugarren egunean esan zuenez, ingurugiroarentzat askoz ere larriagoa da egiten dugun baliabideen erabilera okerra klima aldaketa baino. Kantauri itsasoko kostak jasaten dituen erasoen %98a erabilera oker horren ondorio da, eta %2a soilik egotzi dakioke klima aldaketari.

Klimarena oso sistema konplexua da, faktore askoren baitan dagoena: gure planetaren orbita eta ardatzaren makurdura, eguzkiaren orbanak, sumendien errautsak, asteroideen talkak, atmosferako gasak ekoizten edo finkatzen dituzten organismoen kopurua…

Dauzkagun datuak ere ez dira osoak, eta ondorio ezberdinak ateratzeko balio dezakete. Donostian, adibidez, itsasoko uraren tenperatura 0,8 gradu igo da azken 30 urteetan. Baina lagina zabaldu eta azkeneko 60 urteak kontutan hartzen baditugu, tenperatura 0,3 gradu jaitsi dela ikusiko dugu. Noiz eta nola neurtzen dugun, ondorio kontrajarriak atera ditzakegu.

Edonola ere, argi dago azkenaldian gure planetaren tenperatura gorantz doala, eta nahiko azkar. Baina horrek zein eragin ekarriko dituen iragartzea zaila da. Adibidez: tenperatura altuagoek Groenlandiako izotza neurri handian urtuko balute, ur hotz emari horrek Europa epeltzen duen Golkoko korrontea etengo luke. Ozeanoaren eragin epel hori gabe, gure kontinenteko tenperatura hiru gradu jaitsi liteke. Alegia: klimaren beroaldiak tenperatura hotzagoak eragingo lituzke Europan.

Iragarpenak beti ere zuhurtasun handiz hartu behar direla azpimarratu zuen Uriartek, baina bere ustez aurreikuspen zentzuzkoenak hauek lirateke: tenperatura altuagoak, uda beroagoak, aldaketa handiagoak (hilabete oso beroak eta oso hotzak), euri gutxiago, haizete eta ekaitz bortitzagoak… 2100 urterako, itsas maila 30 zentimetro igoko litzateke (horrek esan nahi du kostaren lerroak 30 metro atzera egingo lukeela bataz beste).

Itsas mailaren aldaketak ere kontu handiz neurtu behar dira. Espainiako mareografoek frogatu dute maila hori pixkanaka igo dela: urtean bi milimetro, azken 60 urteetan. Baina kontutan hartu behar da kontinentea bera ere mugitu egiten dela: Afrikako plakaren bultzada dela eta, plaka iberriarra altxatzen ari da. Beraz, itsasoaren maila uste duguna baino gehiago igotzen ariko litzateke.

Itsasoaren maila igotzen ari da eta horrek erabaki garrantzitsuak hartzera bultzatuko gaitu, Uriartek esan zuenez: kostaldean babesak eraikiko ditugu uren igoera oztopatzeko? Atzera eta lur barnera jo beharko dugu? Itsasbazterreko lurrak desjabetu beharko dira eta kalte-ordainak ordaindu? Kostatik gertuko hiri eta industria garapenak gelditu beharko ditugu?

Arazo hauek konponbiderik badutela esan zuen Uriartek, baina zehatz ezagutu behar dugu benetan gertatzen ari dena. Horretarako beharrezkoa da iraganean zer gertatu zen jakitea eta iraganeko aldaketa horiek zein eragin izan zuten.

Lan horretan dihardu Uriartek, eta atzo emaitza ikusgarri baten berri eman zien Haitzen hitza jardunaldietako entzuleei: Kantauri itsasoaren hondoaren kartografia berri eta zehatz bat, iraganeko aldaketak ezagutzeko balio duena. “Gure kostaldea azken milaka urteetan nola aldatu den marraztu ahal izango dugu”, aurreratu zuen. Eta atzo erakutsi zuen irudi sorta horretan argi adierazi zituen itsas hondoko terrazen ertzak (antzinako kostaren ertzak zirenak), euskal ibaien itsasoratze zaharrak (adibidez: egungo Kontxako badiatik itsasoratzen zen Urumea ibaiaren arrasto nabarmena…).

Juteau. Oasis en el fondo del océano: ¿el origen de la vida?

Mayo 7th, 2009

Thierry Juteau vivió un privilegio estremecedor: fue la primera persona que vio un oasis de vida a 3.000 metros de profundidad bajo el océano Pacífico. Ocurrió el 21 de abril de 1979, cuando este experto en vulcanismo submarino bajó en un batiscafo y descubrió las black smokers o fumarolas negras. El lecho oceánico es un absoluto desierto biológico, pero Juteau vio que alrededor de estas chimeneas calientes se extendían unos increíbles oasis rebosantes de seres vivos. Ayer contó los detalles de su descubrimiento en la tercera jornada del ciclo Haitzen hitza, en San Sebastián, donde también proyectó algunas imágenes de ese fascinante mundo submarino.

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(Foto: Thierry Juteau, ayer en la punta Algorri de Zumaia).

Las profundidades del océano son muy hostiles para el ser humano: a partir de los 300 metros se entra en un mundo de oscuridad absoluta, de frío intenso (alrededor de cero grados: allí el mar no se congela gracias a la concentración de sal) y, sobre todo, de una presión aplastante (una atmósfera más cada diez metros, de manera que a 3.000 metros de profundidad se soportan presiones de 300 atmósferas).
En 1979, Juteau descendió a las profundidades del Pacífico en el interior del sumergible Alvin, una bola metálica de dos metros de diámetro, con la compañía de un piloto y otro científico. Se dejaron caer hasta el fondo “en una hora y media de descenso impresionante. El sonar nos indicó cuando se acercaba el fondo, y entonces el piloto largó lastre para poner el batiscafo en equilibrio flotante, encendimos los focos y empezamos a pasearnos sobre el fondo”.

Pronto vieron una fumarola negra: la primera black smoker vista jamás por un ser humano. Los científicos suponían que debía existir actividad hidrotermal en las dorsales submarinas, pero jamás habían visto esos chorros de agua caliente y negra que brotan con gran violencia y a una temperatura muchísimo más caliente de lo que esperaban Juteau y sus compañeros. Llevaron un aparato que podía medir hasta 35 grados, porque la máxima jamás registrada en el fondo de un mar no superaba los 23, pero pronto comprobaron que el aparato, fabricado con pvc, se estaba fundiendo. Y el pvc se funde… a 280 grados. En inmersiones posteriores midieron temperaturas medias de 350 grados, con picos de 400.

El material expulsado por estas chimeneas ha modelado formaciones impresionantes en el fondo del mar: grandes murallas de lava solidificada, con columnas y arcos naturales, que se extienden hasta componer una especie de ciudad arruinada y hundida en las profundidades del océano. En ese entorno volcánico se precipitan grandes cantidades de cobre, hierro, cinc, oro, plata, níquel o platino, formando yacimientos polimetálicos de millones de toneladas. Juteau prevé que algún día bajaremos al fondo del mar a explotar esos inmensos campos de metales, igual que ahora extraemos hidrocarburos.

La verdadera sorpresa llegó un poco después. “Al llegar al fondo, yo tenía que tomar un micrófono y empezar a describir lo que hubiera en el fondo. Pero nos quedamos mudos casi cinco minutos, impresionados con lo que estábamos viendo, hasta que el piloto me recordó que debía hablar por el micrófono”, explicó ayer Juteau. En esas profundidades de las dorsales submarinas, el lecho es un inmenso desierto de basalto, un amontonamiento de rocas estériles. Pero los tripulantes del Alvin descubrieron un mundo rebosante de vida en las aguas cálidas cercanas a las fumarolas negras, cuyas imágenes pudimos contemplar ayer en San Sebastián: “Vimos praderas de grandes tubos blancos, de uno o dos metros de alto, por los que asomaban unas branquias rojizas. En el interior de los tubos vivían unos gusanos gigantes, y en las paredes externas estaban adheridos unos pequeños gasterópodos. También encontramos bivalvos, una especie de mejillones gigantes que se acumulaban formando grandes montículos. Y esponjas, anémonas, peces, pulpos, cangrejos, gambas, langostas…”.

En este ecosistema ignoto se han registrado ya unas 400 especies nuevas, y todavía quedan otras sin identificar, como el pequeño ser translúcido que nada con unas patas en forma de raquetas y que ayer vimos en las imágenes de Juteau: “No sabemos lo que es”, dijo.

Nos encontramos ante un ecosistema muy peculiar, casi único en nuestro planeta, porque prescinde absolutamente de la energía solar y se alimenta de la energía interna de la Tierra. Es decir: de la quimiosíntesis y no de la fotosíntesis. Veamos cómo. Las fuentes hidrotermales de estos lechos submarinos liberan mucho ácido sulfhídrico, con el que se alimentan unas bacterias anaerobias. Estas bacterias fabrican materia orgánica a partir del dióxido de carbono y el oxígeno mezclados en el agua. Esa materia orgánica nutre a organismos fijos, como los gusanos de los tubos y los bivalvos. Y la cadena trófica se extiende a los peces, cangrejos, pulpos…

Los biólogos se plantean si la vida surgió en un entorno como el descubierto por Juteau, al calor de unas erupciones volcánicas submarinas. Hay varios puntos a favor: en estos lugares se dan las temperaturas adecuadas y los elementos químicos necesarios para la vida; además, en el fondo del océano la vida primitiva pudo estar a salvo del intenso bombardeo de asteroides que sufrió nuestro planeta en sus inicios. Y se han encontrado arqueobacterias: bacterias muy antiguas, con un ARN muy primitivo, y que son termófilas (capaces de vivir en entornos de temperaturas muy altas, hasta de 113 grados).

Estos ecosistemas hidrotermales también abren otra puerta a la posibilidad de vida extraterrestre, porque las condiciones de vulcanismo submarino también pueden darse en lunas como Ganimedes, Europa o Titán, y en planetas de fuera del Sistema Solar.

Orue y Smit: en busca del cráter de la muerte

Mayo 6th, 2009

En la segunda jornada de las conferencias Haitzen hitza, los geólogos Xabier Orue-Etxebarria y Jan Smit relataron uno de los episodios más apasionantes de la historia de la ciencia: la búsqueda del llamado “gran cráter de la muerte”, cuyo descubrimiento en Chicxulub (México) hace unos treinta años confirmó que los dinosaurios se extinguieron por el impacto de un enorme asteroide.

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(Foto: Xabier Orue-Etxebarria, durante la grabación del doumental Flysch, haitzen hitza)

Las rocas de la cuenca vasca constituyen uno de los mejores escenarios de la geología mundial para investigar las huellas de semejante catástrofe, y aquí se obtuvieron algunas de las pruebas clave para confirmarla. En el flysch de Zumaia, por ejemplo, se aprecia perfectamente una misteriosa capa de hace 65 millones de años: en la capa anterior abundan las especies de fósiles, pero en la capa posterior han desaparecido casi todos. La capa intermedia que marca esa extinción masiva es el famoso límite K/T (límite entre el Cretácico y el Terciario), presente en todo el mundo en afloramientos que datan de esa época.

Xabier Orue-Etxebarria, investigador de la cuenca vasca, explicó que ese estrato rocoso muestra la quinta y última extinción masiva que ha ocurrido en la historia de nuestro planeta (una extinción masiva es aquella en la que desaparece más del 50% de las especies en un periodo inferior a tres millones de años). En la del K/T desapareció hasta el 70% de las especies, incluidos los dinosaurios, que desaparecieron muy rápido, y podría decirse que gracias a esa extinción estamos nosotros aquí: en ese momento acabó el reinado de los grandes reptiles y empezaron a prosperar los pequeños mamíferos.

Jan Smit fue uno de los investigadores que en los años 70 empezó a buscar las razones de aquella extinción tan brusca y generalizada. ¿Fue por alguna epidemia, por una actividad volcánica descomunal, por una competencia entre especies? A principios de los 80, tanto él como otros geólogos demostraron que la misteriosa capa K/T presentaba una gran abundancia de iridio, cien veces mayor que las capas anteriores y posteriores. El iridio es un elemento muy extraño en la Tierra pero frecuente en los asteroides: tuvo que caer del cielo. También descubrieron la presencia de microtectitas en esa capa: unas gotas vítreas que salen despedidas tras el impacto de un meteorito, y en este caso con tanta violencia que algunas llegaron hasta la Luna y otras dieron hasta cuatro vueltas al mundo antes de posarse.

Según los cálculos de los científicos, aquel impacto tuvo que producirlo un asteroide de 10 kilómetros de diámetro y debió dejar un cráter de 180 kilómetros de diámetro. Smit relató ayer la emocionante búsqueda de ese gran agujero, que podía estar en el fondo del océano, o en tierra firme pero sepultado bajo miles de metros de sedimentos, o erosionado hasta ser irreconocible…

Los geólogos-detectives utilizaron varias pistas para localizar el punto de impacto del gran asteroide. Por una parte, los cuarzos de choque: láminas vítreas que se forman bajo las enormes presiones de un impacto, y que aparecían repartidas por todo el mundo en esa capa de hace 65 millones de años. Tras el choque, los cuarzos más livianos volaron más lejos. Los mayores y más pesados se posaron antes. Así, viendo en qué zonas se encontraban cuarzos más pesados y cuarzos más ligeros, dedujeron que el impacto debió de ocurrir en el Caribe. Otra pista fueron los grandes depósitos de arenas encontrados en algunos afloramientos de Estados Unidos: son materiales arrastrados por varias oleadas de un gigantesco tsunami, justo en la época del meteorito, y llegaron precisamente desde el Caribe.

Por fin, a finales de los años 70, los datos de las prospecciones petrolíferas realizadas en la península mexicana de Yucatán permitieron identificar un enorme anillo enterrado bajo cientos de metros de sedimentos (parte bajo el mar y parte bajo tierra firme). Coincidían todos los datos pronosticados por los geólogos: el diámetro del anillo era de 180 kilómetros, estaba situado justo en el punto central hacia el que señalaban los cuarzos de choque de todo el mundo y las arenas del tsunami, contenía los elementos hallados en la capa K/T… Sin dudas, aquel era el cráter del asteroide que mató a los dinosaurios.

¿Cómo acabó aquel impacto con el 70% de las especies del planeta? Si juntamos las inmensas nubes de polvo que levantó el choque, la humareda de los grandes incendios que provocó y seguramente la coincidencia de unos volcanes muy activos en aquel tiempo (como se demostró en la India), tenemos un planeta envuelto en tinieblas durante muchos años. Sin luz solar, se interrumpió la fotosíntesis y se cortó de cuajo la cadena alimenticia: murieron las plantas, luego los herbívoros y por fin los carnívoros. Los dinosaurios, que llevaban 130 millones de años sobre la Tierra, se extinguieron en menos de diez mil años.

Ahora sabemos que los impactos de grandes objetos extraterrestres causaron otras de las grandes extinciones. Smit aseguró que ahora mismo debemos preocuparnos de otros riesgos para la vida en nuestro planeta, pero no de los asteroides: ningún meteorito superior a un kilómetro de diámetro chocará contra nuestro planeta en los próximos diez mil años.

Anguita: viaje a las fuentes de la vida

Mayo 5th, 2009

anguita

El geólogo Francisco Anguita abrió el ciclo de conferencias Haitzen hitza con un viaje a través del tiempo, en el que se remontó desde la época actual hasta los orígenes de la vida. “Podríamos pensar que la historia de la vida es sencilla, que surgió, se desarrolló y se fue haciendo más compleja. Pero el estudio del registro geológico, la historia de la vida grabada en las rocas, muestra que han ocurrido parones y retrocesos. La historia de la biosfera es en realidad una montaña rusa, con fases de diversificación y abundancia y fases de crisis y extinciones masivas”. Anguita repasó los triunfos y las derrotas de la vida, en su camino de miles de millones de años.

El tiempo profundo

Charles Lyell, geólogo del siglo XIX, estudió fósiles cada vez más antiguos para rastrear la evolución de la vida. Y se topó con un muro: el límite K-T (el límite entre las eras sucesivas del Cretácico y el Terciario). Los fósiles de una capa rocosa eran completamente distintos de los fósiles de la capa anterior. Lyell no conseguía explicarse semejante transformación, y creyó erróneamente que le faltaban estratos de rocas, que se había perdido el registro de toda una época intermedia de evolución. Pero no faltaba nada: aunque él no lo supiera, acababa de toparse con la huella de una extinción masiva, la que hace 65 millones de años acabó con los dinosaurios y con la mayoría de las especies que habitaban nuestro planeta.

Otro de los fundadores de la geología moderna, James Hutton, aportó en el siglo XVIII uno de los grandes conceptos que han dado los geólogos a nuestra civilización: la idea del tiempo profundo. Un par de siglos antes, Shakespeare había escrito aquello de “el pobre mundo tiene casi 6.000 años”. Hutton, al analizar un afloramiento de estratos rocosos en la costa inglesa, llegó a la conclusión de que aquellas capas verticales alguna vez habían sido horizontales en el fondo del mar, que una fuerza descomunal las había plegado y elevado, que la erosión las había modelado, que habían vuelto a sumergirse, que se les habían añadido otras nuevas capas, que habían vuelto a emerger… Hutton y sus ayudantes “se marearon al darse cuenta de que estaban asomándose a un impresionante abismo del tiempo”. Ahora sabemos que algunos de esos estratos contaban con 500 millones de años.

“El espacio profundo es un concepto viejo”, explicó Anguita. “Ahora sabemos que hay millones de años luz hasta las galaxias más remotas, pero nuestros antepasados más primitivos probablemente ya sabían que el cielo era un espacio inmenso, un misterio. Sin embargo, la idea del tiempo profundo es muy reciente. Shakespeare creía que el mundo tenía 6.000 años y ahora sabemos que tiene 4.600 millones”.

Un planeta de ciencia ficción

Si redujéramos la historia del planeta a un solo año, el ser humano sólo aparecería a las diez de la noche del 31 de diciembre. En la inmensa historia que tenemos a nuestras espaldas se han vivido episodios que parecen de ciencia ficción. “Al estudiar los fósiles, reconstruimos especies y ambientes que nos cuesta creer que existieran en nuestro planeta”, explicó Anguita. El geólogo proyectó imágenes de especies extrañas, como las que vivían hace 540 millones de años en la época que denominó “la batalla de los descartes”: pequeños seres con patas como alfileres y apéndices dorsales increíbles, artrópodos, antecesores de los trilobites… La mayoría de estas especies no dejó herederos. “Son los momentos en los que la biosfera ensayaba formas anatómicas, adaptaciones al medio ambiente, hacía sus tanteos en un auténtico carnaval de animales”.

Más atrás en el tiempo, hace 700 millones de años, se vivió la “batalla de la simetría”. Los fósiles muestran la existencia de seres con estructuras helicoidales, simetrías radiales de varios niveles… Casi todos los seres vivientes de la actualidad tenemos un plano de simetría bilateral, pero la evolución hizo sus ensayos con otras estructuras que al final no prosperaron.

Terra incógnita

Y si seguimos remontando la corriente del tiempo, se extiende la larguísima época de la “terra incógnita”. Sólo hemos recorrido hacia atrás el 13% de la historia, y del 87% restante apenas tenemos datos. Sabemos que el planeta estaba poblado por bacterias, una forma viva tan funcional que ha sido capaz de perpetuarse durante 3.000 millones de años, hasta nuestros días. “Cuando leo en la publicidad de algún producto de limpieza que es el milagro anti bacterias, pienso que somos unos invasores que han usurpado el planeta a sus legítimos poseedores”, bromeó Anguita.

Hace 1.000 millones de años, las formas celulares iniciaron la batalla del sexo. La aparición del sexo fue capital, porque permitió la riquísima variedad de especies que vino después.

Hace 2.000 millones de años, los estromatolitos ganaron una batalla aún más primitiva: la del oxígeno. Esta especie de algas mutaron para asimilar el dióxido de carbono de la atmósfera y producir oxígeno, un cambio que transformó completamente el planeta y lo preparó para las futuras explosiones de vida.

Y ya cerca del origen, en ciertas rocas halladas en Groenlandia aparecen ciertas trazas que podrían indicar la presencia de algún tipo de vida hace 3.850 millones de años: en esas rocas predomina el carbono 12 por encima del carbono 13, un desequilibrio habitual cuando aparecen restos de vida en las rocas.

No sabemos cómo fue el primer ancestro común de todas las formas de vida, nuestro tatarabuelo más remoto: quizá una célula cuyos descendientes se fueron especializando y variando, quizá un conjunto de células con capacidades diferentes que se fueron separando. Lo que sí sabemos es que vivía en un planeta con tectónica de placas: ya había continentes que se alejaban y se chocaban, océanos que se abrían y se cerraban, y todos esos movimientos crearon una gran diversidad de ambientes que pudo ser clave para que en alguno de ellos brotar el primer chispazo de vida. De hecho, los exobiólogos creen que los planetas con más posibilidades de albergar vida son aquellos que también tienen tectónica de placas.

También sabemos que la Tierra sufrió bombardeos muy intensos de meteoritos hasta hace 3.900 millones de años. Por lo tanto, si ya había vida hace 3.850 millones, como parecen indicar las rocas groenlandesas, esto indica que la vida es capaz de surgir en las peores condiciones y que, por tanto, puede haber brotado en cualquiera de los millones de planetas que aún no conocemos.

Runnegar: “Bizitza estralurtarra bilatzea katedralak eraikitzea bezalako lana da”

Mayo 5th, 2009

NASAko astrobiologia zuzendari ohia da Bruce Runnegar, bizitza estralurtarra bilatzeko proiektuak zuzendu zituena. Haitzen hitza zikloaren barnean, gure planetatik kanpo bizitza aurkitzeko aukerei buruz aritu zen.

runnegar
Bizigarritasunaren kontzeptua azaldu zuen Runnegar-ek. Gure planetan bertan, bizitzarentzat ustez ezinezkoak ziren eremu askotan izaki bizidun bereziak aurkitu dituzte ikerlariek (Australiako barnealdeko zenbait eskualdetan, itsas hondotan, lurraren sakoneran…). Bizigarritasun eremu horiek uste baino zabalagoak direla frogatu dute, eta Lurretik kanpo ere baldintza zail horietan bizitza topatzeko itxaropena zabaldu da.

Gure Eguzki Sisteman badira bizitza garatzeko eremu egokiak, eguzkiarekiko distantzia jakin baten barnean. Antzeko baldintzak bilatzen ari dira orain urruneko beste planeta-sistematan, gure eguzkiaren antzeko masa duten izarren inguruan. Gliese 581 izarraren kasua aipatu zuen Runnegar-ek, bizitzarako aproposak izan daitezkeen lau planeta baititu inguruan.

Espazioan duten kokapenaz gain, planetek berek dituzten baldintzak ere kontutan hartzen dituzte ikerlariek. Argirik jasotzen ez duten mundu izoztuen azpian izaki bizidunak egon daitezke, Lurrean bertan aurkitu izan baitira: eguzki-argirik jasotzen ez duten izakiak gai dira uretan nahastutako zenbait mineralekin bizitzeko, eta erabat izoztuta dauden inguruneetan ezinezkoa bada ere, izotz-eremutan dauden zenbait mikrobiori nahikoa zaio ur likido kopuru txikiena bertan bizi ahal izateko.

Jupiter planetaren Europa satelitea, adibidez, izoztutako bola handi bat da, baina baliteke aipatutako baldintza horiek ematea eta bertan izakiren bat bizi izatea.

Ezagunagoa eta gertuagoa da Marte. XIX. mendean basoak, itsasoak eta ubideak egon zitezkeela pentsatu bazuten ere, azken hamarkadetan bidalitako zunda eta errobotek frogatu dute planeta osoa basamortu handi bat dela. Dena den, badira zenbait arrasto bizitzaren seinale izan daitezkeenak. Metanoa, adibidez: uraren eta harkaitzen arteko erreakzioak sortutakoa izan daiteke besterik gabe, baina baita hildako materia organikoak sortutakoa… edota bizirik dauden mikrobioek sortutakoa. Aurrerantzean bidaliko dituzten tresnek (adibidez, 2011n abiatuko den Mars Science Lab-ek) bizigarritasun eremuak bilatuko dituzte planeta gorrian. Beste kontu bat da bizitza zantzuak topatzea, eta ez dirudi errobot hauek gai izango direnik.

Bizitza estralurtarra aurkitzeak zenbait belaunaldiren ahalegina eskatuko duela adierazi zuen Runnegar-ek: “Erdi Aroko katedralak eraikitzen zituztenen parekoak gara astrobiologoak; guk ez dugu lana bukatuta ikusiko, baina horretan dihardugu, gure seme-alabek edo ilobek edo iloben ilobek lortu dezaten”.

El susurro de las rocas

Mayo 1st, 2009

La costa guipuzcoana reúne a los grandes investigadores de las ciencias de la Tierra. A principios de mayo participarán en la grabación del documental Flysch, haitzen hitza en los acantilados de Zumaia, y también impartirán un ciclo de conferencias en San Sebastián, en el que repasarán la historia del clima, la vida y nuestra especie.

Al leer las capas de rocas del flysch, se despliegan millones de años de la historia de nuestro planeta. Sólo estudiando de dónde venimos podremos entender dónde estamos y hacia dónde vamos.

introfoto

Gipuzkoako itsasbazterrean Lurreko zientzietako ikerlari handiak bilduko dira maiatzaren hasieran. Zumaiako labarretan Flysch, haitzen hitza dokumentalaren grabazioan parte hartuko dute; eta Donostian hitzaldi ziklo bat emango dute, klimaren, bizitzaren eta gure espeziearen historia aztertzeko.

Flyscharen harrizko geruzak irakurtzerakoan, gure planetaren milioika urteko historia zabaltzen da. Nondik gatozen aztertuz jakingo dugu non gauden eta nora goazen.

Balairón sustituye a Arsuaga

Mayo 1st, 2009

Por causas ajenas a su voluntad, Juan Luis Arsuaga es baja de última hora y no vendrá a impartir su conferencia del viernes 8 de mayo. Le sustituirá Luis Balairón, uno de los mayores expertos en cambio climático y gran divulgador.

Conferencia: “El cambio climático: presente y futuro”

El calentamiento global del planeta, aceptado por la mayoría de la comunidad científica internacional, tiene repercusiones directas en el clima, el nivel marino, la biosfera e incluso en las relaciones político-sociales entre comunidades y países. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué sabemos en realidad del cambio climático, de sus causas y de sus consecuencias? ¿Qué previsiones se barajan?